Desde el final de la Guerra Fría el espacio de seguridad europeo viene sufriendo profundas transformaciones. Los intereses en política exterior de los Estados Unidos, tradicional aliado y eje vertebrador de las prioridades en materia de seguridad y defensa europeas durante la Guerra Fría a través de la OTAN, viran hacia Asia-Pacífico y las nuevas potencias emergentes. Entre tanto, la UE intenta reactivar los proyectos de integración política y militar con el objetivo de crear a largo plazo una política de seguridad y defensa propiamente europea. Junto a estos dos fenómenos, tras la caótica desintegración de la URSS, la Federación Rusa se ha recuperado y ha vuelto con la intención de convertirse en una potencia con un peso relevante en el espacio europeo. Con todo ello, estamos viviendo un momento de gran dinamismo e incertidumbre en el espacio euro-atlántico, donde es necesario que la UE decida qué papel quiere jugar en materia de seguridad ahora que parece que los Estados Unidos pueden dejar de compartir nuestras prioridades y la Federación Rusa ha irrumpido con fuerza, mientras se están estableciendo las bases del sistema internacional del siglo XXI.