Mirivilis es un escritor neogriego encuadrado en la generación literaria de los años 30, que pertenece a un subgrupo de esta generación, la llamada Escuela Eolia, cuyos miembros tienen relación con la isla de Lesbos, lo que imprime un carácter específico a sus obras. Nacido y criado en esta isla, Mirivilis fue testigo presencial del asentamiento en ella de los refugiados expulsados de Anatolia, con motivo del intercambio de poblaciones (griega-turca), acordado en el Tratado de Lausana, en 1922, y vivió en primera persona la forma en que los naturales del lugar afrontaron esta situación, nueva para ellos. Este episodio, trágico y conflictivo, es el tema esencial de la novela La Virgen Sirena, que la Editorial Universidad de Sevilla ha publicado por primera vez en español gracias a la traducción de Carmen Vilella, quien cuenta en su haber con los premios Andaluz de Traducción (2007), Nacional de Traducción de la República Griega (2011) y Estado Crítico (2022), a los que se suma la Medalla de Oro de la Sociedad Griega de Traducción Literaria (2016), por el conjunto de su obra como traductora de obras griegas clásicas y modernas.
En esta novela, Mirivilis convierte a su pueblo en un microcosmos en el que refleja el drama del exilio que durante muchos años se representó en el macrocosmos de toda Grecia y que culmina con el milagro de la reintegración de los recién llegados, griegos también ellos, en su nueva patria. En la historia que cuenta podemos encontrar el eterno problema de la inmigración, en general, y los confliStratís ctos que conlleva, tanto para quienes piden asilo como para los autóctonos. En el verano de 2015, la isla de Lesbos volvía a convertirse de nuevo en tierra de acogida. Casualmente, aquel verano la traductora de esta obra se encontraba allí y fue testigo presencial de la llegada de los primeros refugiados procedentes de Siria, que huían de la guerra declarada en su país. Aquellas personas, familias enteras, abuelos, padres y niños pequeños, que caminaban por los campos, desposeídos de lo mínimamente necesario para subsistir, despertaron en la helenista el recuerdo de la novela de Mirivilis La Virgen Sirena, y la impulsaron a traducirla, a fin de que los lectores de lengua española pudieran meditar sobre el fenómeno migratorio, tan presente en nuestras sociedades del siglo XXI, que no siempre se prestan de buen grado a encontrar una solución satisfactoria.
Esta traducción apuesta por dar a conocer un tipo de literatura, la neogriega, poco frecuentada por el lector hispanohablantes, cuyo interés no radica solo en el tema de plena actualidad que presenta. También es notable el enorme valor literario que encierra: su lectura nos pone ante los ojos auténticas imágenes impresionistas de amaneceres y ocasos, soberbias descripciones de paisajes, montañas y campos cultivados, de costas brumosas… Y, sobre todo, del mar y las bellezas que oculta en sus fondos…; ese mar Egeo, griego por antonomasia, símbolo del helenismo. Igualmente, nos vemos impactados por el lirismo de metáforas que recuerdan a García Lorca por su rotundidad y por el sentido animista con el que se trata la naturaleza. Otra cualidad que nos seduce es su realismo en la presentación de las celebraciones religiosas, romerías, atuendos y ritos litúrgicos, o de las actividades agrícolas. En sus representaciones predomina el triunfo de los sentidos de una forma tan hermosa y vivaz que las imágenes de la novela tienen sabor, olor y color, hasta tal punto que el lector se siente inmerso en la escena como un personaje más.
Traducir a Mirivilis supone un gran reto, en general. Pero en el caso concreto que nos ocupa, las dificultades se multiplican. Unas tienen su origen en la forma en que el autor se vale de la lengua y de las costumbres y prácticas sociales (es decir, la representación realista de la vida comunitaria tradicional) de los griegos de Asia Menor para reivindicar su singularidad frente a sus hermanos de la Vieja Grecia. Otras se derivan del uso y casi abuso de léxico turco y expresiones en dicha lengua, o de palabras nuevas que el autor introduce, sobre todo en los refranes, pero también en la creación de metáforas relacionadas con la naturaleza y en las descripciones psicológicas de sus personajes. La Virgen Sirena resulta difícil de leer incluso para un griego del siglo XXI. No digamos para un extranjero. También puede considerarse un gran escollo la constante alusión a hechos históricos y personajes concretos que constituyen el fondo mismo de la obra. En este sentido, se ha proporcionado al lector un prefacio titulado «Contexto histórico», que le facilita la contextualización del relato. Otra dificultad no menor ha tenido que ver con las alusiones implícitas o explícitas a usos y costumbres, prácticas antiguas, personajes ficticios, legendarios o históricos, etc., así como el uso de términos locales referidos a diferentes campos semánticos: arquitectura doméstica, danzas, instrumentos musicales, objetos de culto, o vocablos relacionados con las faenas del campo y de la mar. Ninguno de estos idiomatismos es gratuito. También en este campo el autor utiliza intencionadamente el pintoresquismo de determinadas escenas o costumbres para perfilar la idiosincrasia de los refugiados o incluso de los isleños.
No es casualidad que una novela como la presente haya sido traducida por Carmen Vilela Gallego, helenista de reconocido prestigio. En su labor como traductora, tanto de griego clásico como moderno, ha difundido en español a Esquilo, Eurípides, Aristófanes y Menandro, así como obras de la literatura neogriega de diferentes autores como Emmanuil Roídis, Nicos Casandsakis, Ceodoros Califatidis y la poeta Yiota Aryiropulu, así como las Memorias de Yomtov Yacoel, griego judío de Salónica asesinado en Auschwitz.
Esta traducción del libro de Stratis Mirivilis La Virgen Sirena, realizada por Carmen Vilela Gallego, está basada en las ediciones griegas de 1956 y 2021. La obra, a la que le antecede un exhaustivo estudio previo que contribuye a su contextualización, relata la llegada a Muriá (Lesbos) de los refugiados griegos de Asia Menor como consecuencia del intercambio de poblaciones musulmanas y cristianas acordado en el Tratado de Lausana de 1923. Los recién llegados sufren problemas de adaptación y se producen terribles fricciones con la población autóctona, pese a tener todos la misma cultura, ascendencia, lengua y religión. Finalmente, unos y otros aprenden a superar los conflictos y a afrontar juntos los problemas. La protagonista es una hermosa muchacha, símbolo de una seducción propia de seres que no pertenecen a este mundo. En un momento en el que en las sociedades occidentales se intensifica la xenofobia, la comprensión del fenómeno de los refugiados que esta obra nos ofrece se convierte en un elemento fundamental para combatir los sentimientos de rechazo del «Otro».