La llegada de las segundas vanguardias en el arte de posguerra produjo cambios irreversibles en la concepción de la creación. El arte se integró en la sociedad con un vigor inusitado, las obras y los artistas se convirtieron en un nuevo producto de consumo mediático. Sin embargo, algo permaneció anclado en el pasado: la libre entrada del arte en la sociedad no se identificó con la libre entrada de las mujeres en el ámbito creativo. La revolución contra lo establecido, que se erigió como el paladín de lo moderno, encerraba en su interior construcciones emanadas de la tradición más obsoleta sobre el papel de la mujer en la expresión artística.