Para el 2050, cerca del 52% de la población mundial vivirá en zonas con escasez hídrica (The Economist, 2019), lo cual, sin duda, refleja que la crisis global del agua es uno de los principales desafíos de la humanidad en el siglo XXI. Sin embargo, la crisis del agua no es solo un asunto de escasez del recurso hídrico, sino, ante todo, una problemática vinculada con su gobernanza y, precisamente, uno de los escenarios en donde está más presente dicha crisis son las cuencas transfronterizas. En la actualidad, en el mundo hay 150 países que comparten 310 cuencas transfronterizas, las cuales abarcan el 47.1% del área terrestre del planeta. (McCracken y Wolf, 2019). La problemática de gobernabilidad de las cuencas transfronterizas es alimentada por la evidente tensión entre el orden westfaliano de Estados-nación y la naturaleza física del agua. En otras palabras, tenemos un recurso que se mueve atravesando fronteras y, al mismo tiempo, los límites de los Estados nacionales, cuyas fronteras han sido pensadas y definidas como elementos estáticos, tal dicotomía es ejemplificada con los casos de las cuencas de los ríos Nilo, Amazonas y Mekong. En conclusión, el principal desafío que enfrenta la gestión de cuencas transfronterizas es la construcción de instituciones que logren, por un lado, superar la lógica de administración territorial basada en el enfoque de soberanía nacional y, por otro, que incorpore la noción de derechos y deberes compartidos dentro de nuevos marcos institucionales de cooperación transfronteriza.